jueves, 28 de septiembre de 2017

¿Para qué esas ventanas?

Ni me preguntes. No sé la respuesta. ¿Y sabes qué? Me da miedo saberla. No puedo decir que no te haya echado de menos, igual que nunca podré decir que antes escribía mejor. Al menos, antes, escribía. Y con eso valía.

No sé si el dolor inspira, pero el azul sobre negro sí. Me gusta. El azul. Y el negro. También cuando es sobre blanco. Solo quería volver el día que tuviera que despedirme. Ese día en el que estás rota.

Estás rota y te da igual. No hay hombro que consuele porque los hombros no consuelan y tus hombros...Tus hombros ya son demasiado estrechos. Demasiada carga. Muchos años.

Pero nada que ver. No voy a dejar de hacerlo. A quién no le gusta volver, por mucho que cierre etapas. No nos vamos de los sitios en los que somos felices. Qué más da Canillas que Alvarado.

Sé que gustan más los otros pero qué le voy a hacer. A mí siempre me llamó la atención el que menos sonreía.

domingo, 5 de marzo de 2017

¿Cómo llamas tú a los tranchetes?

No es el mismo. En realidad no lo recuerdo, pero estoy segura de que ahora mira hacia otro lado. Tampoco es la misma, también ha cambiado. La recuerdo. De las que pesan, de las de antes, de las que después se llevan a la casa del pueblo. No digo nada de nosotros. No digo nada. Y menos de nosotros.

No consiste en ver la película, consiste en alargar una serie. Para que no termine. Por si termina. Tardaron en poner la segunda parte, tardamos en hacer nuestra segunda parte. Buscan a un pez de otro color, buscamos el final que no se dio.

Es la misma. Sigue ahí. Entre el camino que va a tu casa y el recorrido que lleva a la mía. Ahora puedo ir andando, aunque hayan tenido que pasar siete años para lograrlo. Las hay que no cambian. Mi cama, mi facultad y mi tú. Todo igual. Y suena igual de feo que antes.

Dos paradas más de metro, todavía no hay cobertura, yo ya no bebo sangría. Tenías razón. Ha ganado la cerveza. Empezaba contigo y acababa en ti. Siempre fue mejor cuando estabas pero ahora es mejor porque estás.

De madrugada, pasta

Había tiempo para cocinar, el frigorífico solía estar lleno y las patatas siempre se ponían malas. Daba igual que fuera martes, miércoles o viernes. Daba igual que fuéramos tres, o cuatro, a veces incluso ocho. Nuestra garito favorito era nuestro garito favorito.

Por cada día de la semana una oferta y por cada bolsa de Lays Vinagreta, una sonrisa. Era mejor cuando no dolía. Eras mejor cuando no lo hacías. Cómo no vas a volver si ya se han cansado de esperar. No le busques el interrogante.

La casa de los juegos. Los juegos de beber. Las bebidas con alcohol. El alcohol con amigos. Y los amigos, amigos. Se trataba de cuidarse. La hacíamos para quedarnos. Nos quedábamos para hacerla. Atún. Salchichas. Eso aún está por decidir, pero siempre queso en polvo. Sabe mejor así.

En compañía. Con el tomate frito decorando nuestras mejillas, yendo a clase por las tardes y no escribiendo para gustar. Aunque sea marzo y haga frío. Aunque el timbre nunca sea para ti. Aunque haga ya mucho tiempo que no tenemos pasillo.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Cuadrar el círculo

La que me enseñaste cuando estaba triste, la que cantábamos cuando volvíamos a casa felices, la que sólo suena en tu coche, la de dormir y la que siempre me recuerda a ti. No va a gustar.

Tus ganas de encender la luz, las mías de que esta vez funcione, el cojín para respirar mejor, los tapones para no escuchar y la columna de libros sobre la mesilla. No lo quieras entender.

Quedar a mitad de camino, beber en azoteas, no cogernos de la mano, ver películas en dvd, guardar el saquito de lentejas y jamás olvidar cómo olía ese pelo. No somos los mismos.

Que vuelvas cuando quieras, que te conviertas en piedra, que te encargues de disfrutar del mientras tanto, que pierdas siempre el primer tren y que se te escape la sonrisa. No voy a dejar de hacerlo.

El de los mensajes a deshora, la que no podía dormir, el que se quiere quedar, la que corre para dar un último beso y el que suele olvidar el tabaco en el salón. No se puede pedir más.

Tus pecas, mis lunares, toda esta gente que está alrededor, que haya llegado la hora de decir adiós, no saber, disimular, las cosas que sólo somos capaces de contar. Las que no nos decimos.



jueves, 1 de diciembre de 2016

Tus puntos suspensivos

Todo el mundo sabe cuando está cerca el final. ¿Lo ves? Lo está. Tienes ganas de pasarte, pero no te apetece realizar el esfuerzo. No es cuestión de quedar. Es cuestión de dejarlo estar. Hasta que no lo haces más. Yo conozco las mejores hamburgueserías de la ciudad y tú sigues empeñado en que te sale bien el arroz. No sé. Mamá cocina mejor y a mí tampoco me gusta mentir.

Mientras recuperamos todo aquello que perdimos, me dio tiempo a perder cada una de las cosas que quise recuperar. No importa. El paquete de tabaco sigue estando en la terraza. Por si lo necesitas. Por si me necesitas. Por si todavía podemos vernos algún día. Total. Esto no ha hecho más que jugarme malas pasadas.

Quizá tengan razón. Ya no hay tiempo para estas cosas. Quise escribirlo todo a mano, pero me tocó la botella de vino, no el cuaderno. Antes de encontrar al sastre me deshice de todos mis vaqueros, así que se quedó con cada una de mis sonrisas. Mañana. Tarde. Noche. Es posible que no vuelva nunca, o puede que lo haga una última vez.

Ignoro cuántos lunares tiene, su comida favorita y las cervezas que necesita para quitarse la vergüenza. Ya ves. Estoy dispuesta a ver todas tus películas. Al final nadie vino a arreglarme la luz, pero tampoco me hizo demasiada falta.

viernes, 14 de octubre de 2016

Ciclogénesis explosiva

Como la mayoría de las cosas que no hicimos, esta es una más. Pocas personas hay en esta vida que te quiten el hambre y tú eres una de ellas. Tampoco hay muchas con las que no se creen silencios incómodos, supongo que siempre estuve esperando a las que no eran más altas que yo. Mamá siempre me dice que soy normal.

Así que dijo que no era diferente, pero que tampoco era una más y no pude más que sonreír. Supongo que eso también me recuerda a ti. Si los lunes son viernes y los sábados no son más que fines de semana, dime acaso qué puedo hacer. Ya no tengo domingos entretenidos ni llevas las camisetas que te regalé. La vida es eso que pasa mientras esperas la nueva temporada de tu serie favorita.

Da igual que estemos solas si ella sonríe y yo bailo a chicos que no nos gustan. Las hay que te cambian la vida y de vez en cuando vienen a echarse un piti a casa. Gafas violetas y una noche de palco en el corazón. Como el día que nos creíamos afortunadas en la terraza de un kebab.

Dime ahora que no ha quedado bien, que te gustaría saber más de mi o que me echaste de menos cuando te fuiste. No te gustaba estar aquí, pero volviste para decirme que nunca te debías haber ido. Tampoco te escribí tantas cartas e incluso así reconozco haber roto alguna que otra foto. Al menos ya no sabes si estoy hablando de ti, de mí, de ella o de todas las cosas que dejaste para volver. Estás. Supongo que eso es lo que importa.

Eso, y que hoy esté lloviendo. No olvides apagar la luz del comedor.

martes, 4 de octubre de 2016

Últimamente

Todavía soy capaz de contarte todo lo que no te dije, pero no puedo decirte que seas todo lo que conté. Creía que no podía ser más triste, pero ha resultado ser horrible. Mientras los restos de tu tabaco siguen en mi terraza, la mitad de nuestros recuerdos están debajo del colchón. Seremos capaces de superarnos, aún podemos quedar mucho peor.

Bastaba con una sonrisa, pero siempre he sido de agachar la cabeza. Si te veo, ni siquiera me muevo. Una pena. Hoy suenan las mismas canciones, continúo con cada una de aquellas series y sigo prefiriendo la Fanta de limón. El resto es una basura, como mi relación con tu colchón.

No debería hacer falta explicarlo, pero todavía siguen preguntándome por qué. Me gusta quedarme con la cama pequeña, por eso siempre me toca dormir en el sofá. He hecho todas las cosas que dije que no haría y he recordado que a ti también te había olvidado. Quizá sea demasiado.

Ahora entiendo lo que me contaba. Recoger sus cosas de la habitación, dejar de cenar su comida favorita, leer todos sus libros, saborear cada trozo del último queso que dejó en la nevera, apuntar cada día sin su presencia, guardar los mensajes que nunca le mandó, borrar aquellos que sí que envió y aceptar que jamás iba a obtener respuesta. Cómo iba a haberla. Ni te imaginas lo difícil que resulta saludar a un extraño.